En muchos aspectos, el rincón «vivido» se niega a la vida, restringe la vida, oculta la vida. El rincón es entonces una negación del universo. En el rincón no se habla consigo mismo. Si se recuerdan las horas del rincón, se recuerda el silencio, un silencio de los pensamientos.
Gaston Bachelard, La poética del espacio.
Prólogo
Lo primero que hago cuando entro a una casa por primera vez es contar sus esquinas. De pequeña, mi madre me dijo que una casa tiene tantas esquinas como las almas de sus ocupantes y que para no enfadarles, debía contarlas. Nunca supe si el enfado vendría de los habitantes o de las casas, lo que sí sé es que
hay esquinas
que son
el vacío del alma
y ocupantes
que carecen de ellas.
Con el tiempo he descubierto que hay casas que se han quedado sin ocupantes y no por ello les hacen falta esquinas, ni mucho menos están vacías de almas.
Salamanca
Siempre que pensamos en un edificio histórico, nos imaginamos una carcasa arquitectónica implantada en otro periodo. Visualizamos a las personas que habitaban sus espacios, los muebles y la disposición que estos habrían tenido, la decoración en las paredes o la iluminación de las distintas habitaciones. Pensamos incluso en cómo las inclemencias del tiempo han dañado su estructura, o su fachada. Casi en todos los casos, se trata de edificios grandiosos, de puntos de visita obligados, símbolos identitarios de las ciudades.
El piso de alquiler en el que viví durante cuatro años en Salamanca [28], tenía un balcón con vistas a la catedral. Las iglesias son el gran “vacío legal” de mi laboriosa y desafortunada costumbre de contar esquinas. Se supone que es la casa de Dios, pero yo no sé si creo en Dios. Y si Dios no existiera, ¿las iglesias deberían de considerarse una cosa distinta? Además, no están registradas ante el catastro como una casa, ¿no? Y bueno, el cura, padre, obispo, o como queramos llamarle, no vive dentro de la iglesia, sino en un espacio aparte, ¿no es así? No lo sé, no estoy segura. Mi compulsión, como la llaman mis amigos, no va tan lejos como para ponerme a indagar si las iglesias son o no son casas en un sentido estricto. Por si acaso, la primera vez que entré a la catedral de Salamanca conté todas y cada una de las esquinas que pude ver [98], porque claro, no es como que pudiera entrar a absolutamente todas las estancias de la catedral como Pedro por su casa –nunca mejor dicho– y ponerme a contar. ¿Cómo habría sido la conversación con el guardia de seguridad? ¿Hola, una disculpa, es que necesito pasar porque tengo que contar todas las esquinas de la catedral porque si no no voy a poder disfrutar de mi visita? Y él me habría contestado que con el perdón de Dios, pero que si soy subnormal. Además, soy muy vergonzosa, así que, teniendo la opción de evitarme el disgusto, la tomé. Y si debo de confesarlo, recé para mis adentros por el perdón. El perdón de la casa, que para colmo no es la casa de cualquiera, sino LA CASA DE DIOS. Y el perdón de quienes la ocupan. Porque no sería justo que yo pagara por algo que está fuera de mi control, ya que, de haber sido por elección propia, yo habría ido hasta el último y más pequeño rincón de aquella monumental construcción.
Nunca he tenido el valor de no hacerlo. De no contar las esquinas, quiero decir. Lo he hecho desde que tengo memoria y sé contar más allá del diez. Antes de mí, lo hacía mi madre y, antes de ella, la suya. Sé de familiares lejanos que han sufrido las consecuencias de no hacerlo. Más de una vez he escuchado la historia de una tía segunda que murió por no querer contar las esquinas de su nueva casa por puro estúpido e ingenuo escepticismo. Al entrar a su casa recién comprada, las paredes se encogieron hasta el punto en que no quedó ni un solo rastro de la construcción, ni de mi tía. Una prima quedó atrapada en una esquina de la casa de mi abuela, porque pensó que ya la había contado, pero la había pasado por alto. Tuvieron que adaptar esa esquina para que pudiera habitarla. Por la noche le ponen un pequeño catre y por el día una silla y una mesita para que pueda comer. La abuela tuvo que recolocar prácticamente toda su casa con el fin de acomodar a la inesperada visita; acomodar todo lo que pudiera considerarse cómoda una esquina antinatural geométricamente hablando, de esas que son estrechas y se cierran en un ángulo extraño. Luego está el rumor de lo que le pasó a mi tía abuela Joaquina, quien vivía en un piso de esos que se han reformado y vuelto a reformar. Ella contaba las esquinas todos los días por la mañana [35], hasta que un mal martes las cuentas dejaron de cuadrarle y, a veces, le sobraban esquinas, otras, le faltaban un par. A los pocos días de esto, no se volvió a saber nada de ella. También me han contado de una rama entera de la familia que decidió exiliarse al ártico para vivir con tribus inuit nómadas que viven en iglús. En los iglús no hay esquinas.
Candelario
Béjar es lo que cualquiera vería en su mente al pensar en un pueblo fantasma. Técnicamente es una ciudad, no un pueblo. Y en teoría no está abandonado, pero yo creo que podría ser uno de los grandes bastiones del partido político España Vaciada. Además, por su condición de serrana, siempre está nublada. Al caminar por las que antaño fueron sus avenidas principales, uno se encuentra con decenas de locales cerrados. Pero a diferencia de muchas ciudades, estos no cuentan con anuncios de “se alquila”, estos están completamente cubiertos por capas y capas de abandono y polvo y objetos olvidados que en algún momento tuvieron un valor para alguien. Para mí Béjar es una especie de esquina del mundo, un sitio que no está hecho para que lo mires, ni para que te acerques a él, simplemente está allí y cumple la función de ser algo parecido al cierre de las costuras de la realidad. Béjar nunca fue un destino, sino un sitio de paso para poder llegar a un sitio que se encuentra más allá de las orillas de este mundo.
Subiendo por una carretera angosta y curvilínea, oculto entre las montañas y el bosque, está Candelario. El pequeño pueblo se aferra a la montaña con uñas y dientes. Sus casas de piedra se encuentran derruidas y estoicamente en pie a partes iguales. Son pocos los que viven allí a tiempo completo, el resto son habitantes a media jornada que bajan al pueblo en verano y, con suerte, suben de nuevo en invierno para esquiar.
En un lugar intermedio entre la parte más alta y la parte más baja del pueblo, se encuentra la casa []. Y frente a ella estaba yo. Al abrir la puerta me recibió un ambiente húmedo y fresco que emanaba del suelo y las paredes. Algo que podría esperarse de un espacio que llevaba cerrado desde el verano pasado y que había tenido todo el invierno para macerar. Hacía más frío dentro que en la calle, como pasa con las casas en la costa mediterránea, por lo que no me provocó ninguna inquietud. Ya subiría la temperatura una vez que se abrieran las ventanas y pudiera entrar el aire cálido de mayo, o por lo menos eso me dijo Manuel y yo decidí creerle.
En los cuarenta minutos que duró el trayecto entre Salamanca y Candelario, no escatimó en contarme sobre la casa de sus abuelos, de su abuelo Emilio para ser precisos. Según los documentos que han encontrado dentro, la casa se construyó en 1793. México se independizó de España en 1810, por poner una referencia. La casa era más antigua que la mayoría de los países latinoamericanos. ¿No es impresionante pensar que una casa en un pueblo perdido de la mano de Dios se sostiene superviviente y milagrosa como testigo del tiempo y de las generaciones? A mí sí que me lo pareció en aquellos primeros minutos en los que Manuel abrió la llave del agua y activó todos los interruptores de la caja de cambios.
El recibidor estaba cubierto por un profundo olor a madera, madera que ha vivido y visto vivir por siglos. Él subió las cosas para instalarnos y yo comencé con lo mío. La planta de abajo no tomó mucho tiempo, eran 23 esquinas si no mal recuerdo. Al subir cubrí las tres habitaciones del pasillo que conecta las escaleras con la cocina y los dos baños, con lo que sumé 32 esquinas más.
Cuando Manuel terminó de acomodar la compra en la cocina y las maletas en la habitación, me llevó de la mano a la puerta que separaba el salón y la habitación de sus abuelos del resto de la casa. Antes de abrir, me dijo que tuviera cuidado porque los muebles son muy antiguos y que no me extrañara si el suelo crujía, ya que la sala de debajo estaba en proceso de reforma y faltaba por reforzar las vigas que sujetaban la mitad de la casa en el aire. Abrió la pequeña puerta y encendió la luz. No fue hasta que estuve dentro del todo que me percaté de que él se quedó en el pasillo.
—Te espero aquí —dijo en voz baja.
Conté las cuatro esquinas de la pequeñísima habitación de sus abuelos que estaba prácticamente consumida por la cama, un sencillo armario y un crucifijo en la pared. Empecé con el salón por las esquinas de la pared que separaba el pasillo de esta ala, una cubierta por un pequeño escritorio y otra por un baúl con mantas y toallas.
Di la vuelta y me dirigí a la pared del fondo. La esquina de la derecha tenía una pequeña mancha negra en su centro. A pesar del minúsculo tamaño de la peca, esta acaparaba la atención de cualquiera que la mirase. Daba la sensación de ocupar toda la pared, toda la habitación. Allí no llegaba el aire, no llegaba el calor de la calle que entraba al resto de la casa por las ventanas recién abiertas. En esta esquina no había silencio, la esquina en sí era la abstención del ruido. La mancha parecía tener vida, o quizás era la absoluta falta de ella. Me agaché lentamente hasta tenerla a la altura de la mirada y acerqué la mano con la escasa esperanza de que si la tallaba un poco, desaparecería. No sé qué me poseyó en aquel momento con el valor suficiente para poder enfrentar al diminuto vacío que había nacido en esa esquina y que posiblemente había pasado desapercibido desde el principio, desde la existencia de esa esquina. En ese momento pensé que la mancha era milenaria, que primero fue la mancha y luego la pared y, a la vez, daba la sensación de que no debería de estar allí, ni la mancha en la esquina, ni yo en aquella habitación, ni esa casa en ese pueblo perdido entre las esquinas del mundo. Contuve la respiración porque no había espacio para mi aliento en ese ángulo de 90º. Mis dedos temblaron un poco ante la cercanía de lo que pensé, era el ombligo del universo, la costura que mantenía aquella esquina en pie o la grieta que terminaría por romperla.
—¿Has terminado? —la voz de Manuel rebotó en las paredes del salón y se repitió un par de veces por el eco antes de alcanzarme. Me giré para mirarlo sin decirle nada y salí sin prisa, cerrando la puerta a mis espaldas.
—¿Las contaste todas?
—¿A qué te refieres?
—A las esquinas.