Ser del equipo de fútbol de tu ciudad, hoy en día, es ser un disidente. Con lo fácil que es cogerle cariño a uno de los grandes, de esos que ganan copas y gastan millones en fichajes. Con lo fácil que es ser del madrí o del barsa… pero eso no es fútbol. El fútbol es sufrir, y para sufrir como Dios manda, hay que ser modestos. Fútbol del pueblo, fútbol popular. Es por esto que me hice socia de Unionistas de Salamanca.
Cuando llegué al mostrador de la tienda de USCF, llevaba más de 10 horas de pie en la calle. La meta, conseguir uno de los 300 carnets de socio que se expedirían en la campaña de media temporada y que darían prioridad para la compra de entradas de cara al partido de octavos de final de la Copa del Rey.
En aquel entonces vivía en la Rúa, justo frente al local, pero al asomarme al balcón la noche anterior, ya había un par de chicos esperando en la puerta. Y yo, ansiosa y persistente como he sido siempre, no quise jugármela. Bajé un poco por indagar qué se cuajaba y otro poco para no quedarme dormida y cagarla. Los chicos eran de Salamanca de toda la vida y estaban allí porque no podían perder la oportunidad de ver al Barsa jugar tan cerca de casa. Me quedé con ellos y poco a poco se nos fueron uniendo más personas.
El sorteo fue el lunes de esa semana y, como dirían los socios del club, fue un lunes muy unionista. Al mediodía el Reina Sofía estaba a reventar de gente atraída por la gratituidad del evento, un Unionistas – Villarreal que se había aplazado por un apagón en el campo la noche anterior. El encuentro fue intenso desde el principio, obligado a extenderse hasta los penaltis por un empate que los salmantinos mantuvieron con constancia y fe a partes iguales. La afición acompañó a su equipo durante cada minuto del partido. Yo estaba sentada en las gradas supletorias en el lado opuesto del campo al del fondo de animación. Desplegaron un tifo que leía “nueve estrellas guían tu camino”, en referencia a las nueve décadas de existencia de la Unión Deportiva Salamanca. Estrellas que hoy llevo tatuadas en la piel cual medalla, como un recordatorio del amor que le tengo al club de mi vida.
El Reina Sofía empujó a su equipo y dio aliento y fuerzas a los jugadores, que se dejaron cuerpo y alma en el césped. Ese lunes, la Unión estuvo en el campo con ellos. Podías sentir en el pecho el rugir de más de 5000 almas cuando el Villarreal tiró fuera el último penalti, regalándole a Unionistas la ansiada victoria y el pase a la siguiente fase de Copa.
Todas esas emociones podían sentirse en el ambiente de la fila que se estaba formando lentamente frente a las fachadas de los edificios de la Rúa. Al principio éramos unos cuantos valientes que estábamos dispuestos a pasar una noche a la intemperie de Salamanca en enero. Hacía un frío que pelaba y lloviznaba a ratitos. La tienda no abriría hasta las 10 de la mañana del día siguiente, pero nadie estaba dispuesto a rendirse. Algunos llegaron equipados con sillas plegables, mantas y paraguas. Otros íbamos con un abrigo y poco más.
Por la tarde del lunes, apenas unas horas después de la hazaña contra el Villarreal, el destino, regido por La Liga, emparejó a los charros y a los culés en octavos de final. El furor fue instantáneo, se sentía en el aire por las calles de la ciudad, lo veías en los kioskos de periódicos, se escuchaba en los bares. Un Primera RFEF contra un Primera División, y qué Primera RFEF y qué Primera División. De todas las combinaciones de equipos y categorías posibles, la mano inocente extrajo de las peceras a dos equipos que me atrevo a describir como grandes, porque lo son cada uno a su manera.
El equipo local decidió abrir la campaña de socios de media temporada, anunciando que las entradas para el encuentro tendrían un precio asequible para los socios y otro más elevado para el resto de aficionados. Lo que nos trae de vuelta a la fila, que iba creciendo poco a poco. Y como buen fenómeno sociológico que son las filas, según avanzaba la noche, se fue complicando la cosa. Al principio éramos todos coleguis, pero las desconfianzas no tardaron en hacerse presentes y al poco ya había una guardia vecinal encargada de proteger el orden de la cola. Porque claro, todo el mundo quería estar lo más cerca posible de la puerta y lo más lejos que pudieran del 301.
Yo esa noche no estaba allí para poder ver al barsa. No estaba allí porque quería ver jugar a un Primera División. Yo procesioné en la Rúa Mayor como lo hacen los pasos durante la Semana Santa, por diez largas horas, porque Unionistas me hizo creer. Así es este club y así es su gente. Te reciben desde el primer día con brazos abiertos y a mí solo me pareció acorde regalarles mi corazón en compensación. Lo que he vivido y sentido en el Reina, no lo he experimentado en ningún otro lugar.
Sobra decir que lo conseguí, que soy socia y dueña de un club que se sostiene sobre los hombros de más de 5300 personas. De esta historia hace ya dos años, y han sido dos temporadas y media llenas de amor, emoción y fútbol de barro. Seguirán pasando los años y yo seguiré renovando. Y seguirán cayendo lágrimas por mis mejillas cuando escuche cantar El color de mi vida en el Reina Sofía, a donde siempre querré volver.