Hay una plaga. En el mundo, en España… tenemos un enorme problema de plagas. Se han reunido los gobiernos, paneles de periodistas y especialistas. Es peor que el covid, dicen algunos. Esto no se veía desde principios del siglo anterior, dicen otros. Esta peste aparenta ser una milicia, pero en el fondo se parece mucho a una secta. Una herida infecta.
La plaga es liderada por un brujo, un hechicero, un director de orquesta. O por lo menos eso piensan sus más fieles devotos.
Al mago le siguen muchos tipos de animales. Sí, muchas especies sin duda. Es el favorito de los rastreros, los que se escurren entre las grietas, los que se mueven por las sombras, los que se adentran en las madrigueras cuando las madres se han ido de caza y se roban las crías. Le siguen los más viles y crueles. También los insectos, aquellos que son venenosos, los más asquerosos y ponzoñosos. Ratas, serpientes, arañas, moscas, escorpiones, culebras y cabritos.
Su mayor atributo es la mentira, y su instrumento, aquel aparatejo con una pantallita que al prenderse se ilumina. Él usa sus redes para atraer a estas criaturas, para concentrarlas y las conmueve con sus palabras. Les arrulla con su encanto y su rostro infantil. Y les cuenta cuentos para llevarlos a dormir.
Las convoca a luchar en una batalla que él mismo ha imaginado y declarado. Con su magia evoca imágenes de la guerra, habla de trincheras y de combates.
Pero lo peor de esta plaga, de esta enfermedad que lentamente se impregna en el propio aire que respiramos, es que lentamente está llevándose a nuestros niños.
Antaño, hombres y mujeres con poderes similares eran contratados para llevarse las plagas de las ciudades…
Hoy pareciera que un disléxico contrató a un fascista en vez de a un flautista.