Me desperté por ahí de las diez de la mañana. En verdad no estoy segura de si me desperté o si me despertó la gata. La pobre, como si no hubiera comido nunca jamás en su vida, me persiguió maullando de la habitación al baño, del baño a la cocina y de la cocina a su plato. A diferencia de ella, yo no tenía hambre, me dolía la cabeza. Me dolía pero era de esos dolores mudos que solo aparecen realmente cuando piensas en ellos. Me duché.
No hubo dolor.
Me vestí y me aventuré a desayunar con la camiseta que tenía pensado usar el resto del día, a ver si no me tiro el té encima como hago siempre. Miré un poco el móvil y tras enviarle el dinero del alquiler a mi novio, empecé a sentir una asquerosa angustia sin fondo.
Volvió el dolor.
Entonces decidí, en contra de lo que cualquier terapeuta hubiera recomendado, mirar frenéticamente las apps de la carpeta «trabajo». Infojobs. Linkedin. JobToday.
Qué dolor, por Dios.
Salí de casa con prisa porque tenía que pasar al cajero antes de ir al tren a darle otro golpe a mi ya de por sí convaleciente cuenta de banco. Ojalá encuentre curro pronto.
Estoy viendo auras.
Llegué al tren a tiempo y hasta conseguí sitio para sentarme. Pero nada en mi vida me había preparado para el calor y sofoco que hacía dentro de ese vagón.
Cuando llegue a Valencia me compro un antalgín.