Ser mujer es algo hermoso. Sobre todo cuando estás dentro de un probador del primark. Cuando te ha salido acné en la cara como si tuvieras 15 años, pero los 26 están a la vuelta de la esquina. Cuando la ropa que te quedaba en verano ya no te queda más porque has subido de peso y estás frente al espejo con un pantalón tres tallas más grande del que usabas antes y aún así te queda un poco justo. Y verte en el espejo del cuartucho de los probadores y no tener palabras buenas para decirte a ti misma, porque por más que te hayas querido mucho, eso era antes.
Entonces te preguntas si será por eso que no te sacan a jugar en los partidos del balonmano. Si será que ya no corres tanto como a principio de temporada, aunque entonces tampoco corrías mucho. Porque no puedes evitar fijarte en los vestuarios, que ninguna tiene un cuerpo como el tuyo. Que ya lo sé, que las tallas de la ropa del Zara no son las mismas que antes, que nos quieren hacer sentir como que no cabemos en la ropa, que ha vuelto la moda de la delgadez extrema, yo soy consciente de ello. Pero mi reflejo no se ha enterao y yo ya no sé cómo explicárselo a ella. Que no es que esté gorda y que además ser gorda no tiene nada de malo pero es que si digo que soy gorda me apropio de un adjetivo que no es mío y además ofendo a las que son de mi talla que no tienen el pensamiento crítico que tengo yo. Pero no soy delgada. Soy algo en el medio al que no le queda la ropa ni de una ni de otra, que nada me acomoda. Y aún así soy más grande que antes. Ya no me miro en el espejo. Y mi novio me dice que ojalá me mirase con los mismos ojos que me mira él. Y ojalá si. Ojalá mirarme a través de su corazón, con el que me ama tantísimo. Pero yo ahora mismo no tengo eso pa mí misma. Yo ahora mismo tengo dolor y cambios y cumplo años en una semana y no me siento linda y no me sale decir que me quiero porque no creo quererme.
Ya sé que es brutal hablarme así, pero estoy harta de fingir que esta no es una experiencia universal femenina. Porque cuando hablo con mis amigas sobre esto, todas nos sentimos de una forma parecida, pero por alguna razón que desconozco y me supera totalmente, hablamos de ello en voz baja. Porque hablar de la polla que vió una el otro día, o de cómo lo hace mi novio, o de si haríamos un trío o no con nosequien que trabaja con nosecual en nosedonde, eso sí que podemos gritarlo en la cafetería en la que hemos quedado para desayunar. Pero nos avergüenza hablar de la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo. Nos avergüenza reconocer que no es todo lo bella y positiva y mágica y maravillosa y estupenda que podría ser.
De las diez veces que me pongo de pie frente a un espejo, nueve de ellas no me gusta lo que veo. Así que retiro rápido la mirada, pensando que mientras menos tiempo me mire con crueldad, menor será la llama de odio que siento crecer día a día en mi interior. Si no la alimento, se quedará pequeña frente al muro que es mi autoestima. O eso es lo que quiero creer. Pero el muro tiene algunas grietas. Y a estas alturas de la vida, ignorar mi propia imagen hace más mal que bien.
Miro a otras mujeres y después de compararme con ellas, me pregunto qué monstruos les susurrarán a los oídos y de cuántas formas no se sentirán suficientes. Me pregunto qué palabras usan ellas cuando coinciden casi por accidente ante su reflejo en las cristaleras de un edificio de camino al curro. Me pregunto si mi madre se ha sentido de la misma forma. Si los rasgos que yo encuentro preciosos, ella los considera aberrantes. Y si ella se plantea lo mismo sobre mí. Me aterra pensar que las cosas que odio de mi cuerpo, puedan ser aquellas que me asemejan a ella, o a mis abuelas y a las abuelas de estas. El otro día vi un video-ensayo de Teresa Sanz en el que planteaba que cómo podemos odiar las partes de nosotros que nos hacen herencia de otros. Mi nariz es la de mi padre y mis curvas las de mi madre. Que soy lo que ellos dejan en la tierra después de morirse y yo estoy en el baño de mi piso hablándome pestes. Siento pena y me entristece de una manera que no sé ni cómo verbalizar.
Me gustaría aprender a mirarme con los ojos de aquellos que me aman. Pero no sé cómo.