La espera. Qué larga es siempre la espera para volver a ver a Manuel. Manuel siempre llega cuando la luz está rozando la pared contraria a la ventana del salón, y para ese momento yo ya me he regocijado en la pequeña victoria que es extender mi territorio siestil con el lento y casi imperceptible movimiento del sol. La caja mágica de pienso infinito suele liberar el manjar sagrado justo antes de que entre luz por la ventana de la cocina, siempre a la misma hora, constante. Con un tempo divino libera todos los días la misma cantidad de bolitas crujientes y deliciosas con sabor a salmón que inundan con su olor toda la casa.
Pero hoy es distinto, hoy el depósito de delicias crujientes no ha liberado a sus rehenes y Manuel ha vuelto antes a casa. Lo sé porque la luz que entra gloriosa por la ventana y que cubre y calienta el suelo del salón aún no alumbra más allá del sofá. En cuanto escucho el sacudir de las llaves por el pasillo, comienza a inundarme una felicidad que parece no tener fin y sacudo mi cuerpecito sin parar, ansioso por recibirlo. Al entrar por la puerta, deposita sus llaves en una pequeña canastita y toca el botón de la luz fría que sustituye por las noches aquella que por el día proviene de la ventana. Pero hoy ciertamente es distinto a todos los otros días, hoy esa asquerosa luz que siempre sale del pequeño sol artificial, no llega. Manuel suspira frustrado y termina de entrar en casa.
Lo sigo hasta la habitación, continuando mi bailecito con el que intento hacerle saber lo feliz estoy de que esté aquí. Él se quita la ropa gris que lleva siempre puesta a ese misterioso lugar al que se va todos los días por horas que parecen eternas y se pone su ropa de pasear. Yo sacudo mi cuerpecito con más devoción que antes, para que él sepa que yo sé que vamos a salir. Y él me acaricia la cabeza y el lomo con ternura. Me sujeta el rostro con ambas manos y rasca detrás de mis orejas que se sacuden al ritmo de sus dedos. Cierro los ojos y disfruto este pequeño momento.
–¿Quieres salir? –me pregunta Manuel con una sonrisa en los ojos.
Yo le digo que sí. Salto y bailo y me sacudo y le digo que sí diez veces por si las otras nueve no lo dejaron claro. Esta rutina es un acuerdo silencioso que tenemos él y yo, todos los días me lo pregunta sabiendo que voy a decir que sí, y todos los días le respondo que sí, sabiendo que aunque no lo haga vamos a salir igualmente. Pero hoy es distinto porque antes de salir de la habitación deja su teléfono en la mesilla, él siempre lleva la cajita esa a todos lados y la mira mientras emite ruidos e imágenes como los de la televisión pero chiquitos y la mira en vez de mirarme a mí.
Al entrar a la cocina me dirijo directamente a mi plato y me siento a su lado y miro a Manuel esperando que se dé cuenta de que hoy el depósito mágico nos ha fallado. No sé si podré volver a confiar en él, no sé si podré volver a vivir con la paz de saber que pase lo que pase siempre va a dejar la comida caer. Manuel me mira, mira a mi plato y sus ojos se abren un poco más, como dándose cuenta de algo. Entonces abre la puertecita prohibida y coge del saco de pienso un vasito con el que me pone un poco de tesoros crujientitos en mi plato. Manuel comienza a preparar un bocadillo y al abrir la nevera, la lucecita no se prende. Tras un momento, tira a posta, aunque haciéndolo parecer un accidente, una loncha de salami que yo saboreo con cuidado. Inmediatamente después de acabarlo lo miro con los ojos más tristes que mis limitadas dotes de actuación me permiten y me restriego en sus piernas y salto un poco y bailo y le pido que por favor por favor por favor me de otro trocito más.
–Es por tu salud, tiene mucha sal. –con esas palabras decido desistir de mi acto de cachorro y dejar a Manuel en paz.
Mientras lo espero, me paseo por el salón buscando un sitio en el cual echarme, pero ninguno me parece lo suficientemente caliente, ni suave, ni cómodo para una espera tan corta. Me siento a un lado del mueble que sujeta la televisión y veo la foto. En ella está Manuel y, con él, una mujer. Ambos están abrazados. Sonríen. Cuando Manuel me trajo por primera vez a casa, había en el aire un olor a mujer que lo envolvía absolutamente todo. Los cojines del sofá, las cortinas del salón, los trapos de la cocina, el tapete del baño, los manteles y la cama. Sobre todo la cama. Olía a mujer, pero por encima de ese olor tan cálido y alegre y amoroso, olía a tristeza. A ella solo la he visto en fotos, no sé a dónde ha ido. Quizás se fue al lugar de la ropa gris, o al sitio al que se llevaban a los perros viejos que nadie quería adoptar en el refugio. Nadie volvía de aquel sitio y me preocupa que, como ella y como ellos, un día Manuel no vuelva del lugar de la ropa gris. Una voz me saca de mi cabeza y me devuelve al salón.
–¿Qué juguete llevamos? –pregunta Manuel mientras abre las puertas del armario y saca una caja vieja de cartón donde guarda los cadáveres de mis enemigos. El primer palo que atrapé para él en el parque. La pelota que le robé al Husky insoportable, ese que no hacía más que llorarle a su humana. Una mofeta que al apretarla chilla y por la cual me siento particularmente orgulloso. Y mi favorito, la cuerda que se puede lanzar, pero que cuando se la devuelvo a Manuel, él la sujeta y yo no la suelto y ambos la jalamos hasta que uno se cansa y otra vez él la lanza. Escojo esa.
Por fin estamos listos para salir. Manuel me pone la correa y coge la cuerda y las bolsitas en una mano, mientras cierra la puerta detrás nuestra con la otra. Caminamos un rato por la calle y aprovecho para olisquear todos y cada uno de los árboles que se encuentran entre la casa y el parque. En algunos echo un pis, en otros rasco el suelo un poco. Ya sabes lo que dicen, que se sepa que estuviste aquí.
Hoy el parque es infinito y yo corro detrás de la cuerda que Manuel tira lo más lejos que puede y la devuelvo y la jaloneamos un rato. Y vuelve a lanzarla y yo vuelvo a correr tras ella. Me pregunto si el parque ha sido siempre tan inmenso. Mientras persigo la cuerda de un lado a otro intento alcanzar las fronteras de este, descubrir si las tiene siquiera. Pero en el ir y venir de la cuerda y los jaloneos y las caricias bruscas y las palmadas en mi lomo y los charcos en los que hoy Manuel sí que me deja revolcarme, me olvido del tamaño del parque o de si tiene orillas y un final.