Me asomo por la ventana de la cocina que da al patio de luces, bueno, será de luces para los del quinto piso, porque aquí al primero no llegan ni las sombras de las nubes.
La pared fue blanca, pero hoy es una especie de gris-escape de coche. Para los del quinto no, para ellos sí que es blanca. Me pregunto si se mantiene así por gracia divina o si viene alguien cada par de años a pintar de nuevo. Y de ser así, por qué solo pintan arriba, por qué no pintan aquí abajo.
Me asomo un poco más y veo sobre mí los tendederos perfectos con su ropa perfecta, pendiendo de pinzas y ganchos perfectos. Veo sus camisas caras y sus blusas delicadas. ¿Cómo se limpia esa ropa? Es que ni siquiera creo que lleguen a ensuciarla. Al bajar la mirada veo una tanga que algún día fue rosa y un calcetín olvidado, ambos yacen cadavéricos en el suelo una planta más abajo. En el primero nadie tendemos la ropa en el patio, pa’ qué si ni se seca.
Aquí abajo es el perpetuo invierno, solo hay luz a mediodía. Y digo luz por decir algo, porque de luz tiene este patio lo que tengo yo de rica.
¿Sabías que ahora hacen entrevistas para alquilar un piso? Es peor que para adoptar un niño. Estado de cuenta. Contrato laboral. Aval bancario. Yo, ilusa, eufórica o psicótica –aún no sé bien en qué estado mental me encontraba aquel día– apliqué, como quien aplica a un trabajo, al quinto piso. Creí que mi esbelto salario sería suficiente para poder convertirme en inquilina –no dueña– de las paredes blancas y la luz de todo el día y un tendedero perfecto con ropa perfectamente seca. Pero no, aparentemente solo es bueno ser esbelta una misma. La dietética de mi cuenta de banco apenas, y dando gracias a Dios a la virgen y a todos los santos, me ha conseguido el piso de la primera planta.
Y las paredes grises.
Y las sombras de las nubes.